Una visita del periodista Jaime Solá a la Escuela de Radiotelegrafía de José Blanco Novo, EAR-28, en Santiago de Compostela en 1929
En las calles de Santiago de Compostela comenzó a verse algo extraño. No era un acontecimiento espectacular ni un desfile militar, pero sí lo bastante llamativo como para despertar la curiosidad de cualquiera que observase con atención. Entre el ir y venir cotidiano aparecían jóvenes guardias civiles distintos a los demás: impecablemente uniformados, de aspecto culto, casi universitario, caminando con seguridad y entrando discretamente en un edificio del que nadie parecía saber demasiado.
Aquello intrigó profundamente a Jaime Solá. Había algo misterioso en esos muchachos. No tenían el aire endurecido de los guardias destinados a caminos y montes, sino la expresión concentrada de quienes estudian algo importante. Solá preguntó aquí y allá hasta descubrir una respuesta inesperada: aquellos hombres estaban aprendiendo radiotelefonía bajo las órdenes de un capitán llamado José Blanco Novo.
El nombre no le era desconocido.
Años atrás, cuando Blanco Novo era todavía teniente en la comarca de Ferrol, Solá ya había oído hablar de él. Su figura se había convertido casi en leyenda entre las conversaciones de cafés y cuarteles. Decían que siempre aparecía allí donde había peligro: persecuciones nocturnas, delincuentes huidos, operaciones complicadas. Lo imaginaban montando a caballo por caminos embarrados, con el carácter firme y la energía de un hombre incapaz de permanecer quieto. Era un guardia civil distinto, apasionado, inquieto, obsesionado con la eficacia y con mejorar todo cuanto tocaba.
Ahora, el antiguo oficial de acción parecía haberse transformado en inventor.
La curiosidad del periodista creció aún más. ¿Qué hacía exactamente aquel capitán? ¿Qué clase de enseñanza impartía en Santiago? ¿Por qué tanto silencio alrededor de su trabajo?
Movido por esas preguntas, Solá decidió acudir personalmente a la academia.
El edificio no tenía nada de extraordinario visto desde fuera. Un portal discreto. Un pasillo sombrío. Una escalera silenciosa. Nada permitía imaginar que, tras aquellas paredes compostelanas, se estuviese desarrollando una de las experiencias tecnológicas más avanzadas de la época. Al llegar arriba encontró una puerta cerrada y un aviso tajante: “Se prohíbe la entrada”.
Aquello no hizo más que aumentar la sensación de misterio.
Finalmente logró acceder. Dentro reinaba un ambiente completamente distinto al de un cuartel tradicional. Los jóvenes guardias permanecían concentrados alrededor de mesas y aparatos. Algunos tomaban notas; otros manipulaban mandos y auriculares. Había una tensión silenciosa en el aire, la sensación de estar participando en algo nuevo, casi revolucionario.
Entonces Solá vio los aparatos.
Sobre una gran mesa negra aparecían instrumentos metálicos, cables, indicadores y receptores que parecían llegados del futuro. Varios guardias escuchaban atentamente señales invisibles que viajaban por el aire. De vez en cuando sonaban chasquidos secos del código Morse. Aquellos hombres podían comunicarse sin cables, atravesando montañas y ciudades, enlazando lugares lejanos mediante ondas que nadie veía.
El periodista quedó fascinado.
Uno de los guardias le explicó que el sistema ya funcionaba entre Santiago, A Coruña y Madrid. Las comunicaciones podían recorrer enormes distancias. Incluso hablaban de captar emisiones procedentes de países remotos. Para una sociedad acostumbrada al telégrafo y a la lentitud de las noticias, aquello parecía casi magia.
Pero lo más sorprendente era que el creador de todo aquello seguía siendo prácticamente desconocido.
Solá quiso hablar con Blanco Novo. Sin embargo, el capitán nunca estaba. Había salido con urgencia. Tal vez una misión. Tal vez una persecución. Tal vez asuntos reservados. Su figura aparecía y desaparecía constantemente, como si viviera entre dos mundos: el del guardia civil de acción y el del inventor moderno.
Los alumnos hablaban de él con respeto absoluto. Explicaban que trabajaba sin descanso, perfeccionando los aparatos y formando especialistas para la Guardia Civil. También dejaban caer algo importante: existía mucho secreto alrededor del proyecto. Las autoridades preferían discreción. No convenía divulgar demasiado aquellos avances técnicos.
Esa reserva impresionó a Solá casi tanto como la tecnología misma.
Mientras observaba a los guardias inclinados sobre los receptores, escuchando mensajes que viajaban invisiblemente por el espacio, comprendió que estaba contemplando el nacimiento de una nueva era. Ya no se trataba solamente de hombres patrullando caminos; ahora podían comunicarse instantáneamente a grandes distancias. El aire mismo se convertía en vehículo de órdenes, avisos y noticias.
Al abandonar el edificio compostelano, el periodista llevaba consigo una mezcla de admiración y extrañeza. Admiración porque en Galicia, lejos de los grandes centros industriales europeos, un oficial de la Guardia Civil había logrado desarrollar un sistema moderno de radiocomunicación. Y extrañeza porque un avance tan extraordinario permanecía casi oculto, envuelto en silencio y discreción.
Por eso escribió su relato en Vida Gallega
No quería únicamente informar sobre unos aparatos. Quería contar la historia de un hombre inquieto y visionario que había sabido unir disciplina militar, inteligencia técnica y espíritu de innovación. Y también quería dejar constancia de aquel momento en que, en una ciudad antigua y silenciosa como Santiago, comenzaron a viajar por el aire las voces invisibles del futuro.

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